Mis primeros recuerdos son experiencias confusas. No se que edad tenia, ni tampoco quienes eran mis tías, ni sabia hablar, mucho menos recuerdo mi apariencia. Pero si hay algo que tengo bien en claro es el sonido de aquella guitarra: un sonido armonioso y particular, que expresaba furia y amor. Una expresión única de aquel talento autónomo, que con sus 2 x 4 guió mi infancia y con sus zambas fundó mi ser.
En esos tiempos muchos fulanos hacían ruidos con guitarras feas y destempladas para mi. La casa de mi abuela era un popurrí de ruidos y de gente chocándose como si fuesen a algún lado. Y yo, para encontrar la paz, me dejaba llevar por esas melodías campestres que me trasladaban a su cuarto y me arropaban a su lado, dejándome en silencio… escuchando. Aprendiendo.
Era la felicidad más grande ir a lo de mi abuela, para verlo a él. Escuchar sus incansables anécdotas y sus picaras travesuras. Asados, cumpleaños, y victoriosos partidos de trucos vivimos. Guitarreadas, chistes y más anécdotas pasaron por mis años.
Todo lo rodeaba a él. Al único Emilio.
Con ya 21 años quise seguir humildemente sus pasos y empecé a tocar guitarra. Y tocándole una corta milonguita pude retribuirle un poco de lo que el me dio toda mi vida.
Hoy él solo vive en mi y en nuestra guitarra, que me regalo, sin ningún recelo ni desconfianza, el día que se entero que yo no tenia la mía propia.
Ojala yo pueda ser un abuelo tan grande como vos, y pueda darle a mis nietos lo hermoso que me diste vos.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada